Qué difícil me resulta a mí la parte del “animarse”. La sola idea de pensarlo, me da taquicardia. No importa, hay cosas peores. Todo tiene solución menos la muerte. No quiero ser conformista. Pero es horrible preocuparse por cosas triviales y no darse cuenta, nunca! Triste es sentir que no se puede volver a empezar. Triste de verdad es saber que la vida separa más definitivamente a las personas que la muerte misma.
Me da bronca que pase el tiempo y que su
nombre siga entre las palabras que escribo y que esté también entre las cosas
en las que pienso. Pero igual yo un día supe que iba a ser así. Porque asi pasa
con las cosas que uno hace mal. Vuelven siempre, como el mar. Vuelven como la
luna (a veces) que obvio, por ahí no se ve, pero está, clavada como una espina
que el organismo encapsula, irremediablemente. O sea, que queda ahí, no duele
ni molesta ni nada. Pero está ahí. Y todo cambia solo porque está ahí. No sería
lo mismo, sin ella. Parece que es lo mismo, pero no.
Todavía me acuerdo de esa vez, en realidad
de ese segundo, porque fue un segundo. Un segundo igual o casi igual a los
otros segundos que pasan en la vida. Un segundo como los varios segundos que
pasaron mientras alguien lee esto, o respira, o se toma un té. Me acuerdo de
ese segundo en el que posiblemente, yo hubiese hecho de mi vida, algo
diferente. Algo diferente que hoy no es y siempre que me acuerdo de ese segundo
me da bronca. Porque entre todos los “animarse” que no concreté está ese, que
no es uno más.
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